viernes, 9 de septiembre de 2011

Galeano

Son cosas chiquitas. No acaban con la pobreza, no nos sacan del subdesarrollo, no socializan los medios de producción y de cambio, no expropian las cuevas de Alí Babá. Pero quizá desencadenen la alegría de hacer, y la traduzcan en actos. Y al fin y al cabo, actuar sobre la realidad y cambiarla, aunque sea un poquito, es la única manera de probar que la realidad es transformable.

viernes, 8 de julio de 2011

Era él

Había terminado de almorzar un suculento guiso. Luego de tomarse el último vaso de vino y soda decidió que era un buen horatio para enfrentarse a los fantasmas. Era la 1 y media del mediodía y el barrio se derrumbaba en un nostálgico sol de otoño. Salió de la casa en la que estaba hacía ya más de 2 días. 2 días en los que no había visto el sol. 2 días en los que estuvo preguntándose cosas hasta hartarse. Decidió salir con su paranoia y un fierro en la cintura. No lo inquietaba la idea de caer. Pensaba que era uno de los finales posibles entre muchos otros. No le intrigaba demasiado cual de estos finales le tocaría. Suponía que en toda esta movida había algo de azar y algo de destino. Suponía también que ese era un problema que no podría solucionar. Que era mejor salir y empezar a definir su situación. Pensó en la vieja, en algún amigo y en el graffiti que había pintado días atrás en aquel enorme paredón. Se acordaba de la primera vez que había disparado y le parecía un recuerdo demasiado cercano. Caminó por la calle repleta de polvo, escombros y zanjas. Doblo en la primera a la derecha. Respiró profundo. Se detuvo. Vio pasar una camioneta negra y apuró el paso. Entro por el portón de rejas y salió a los 22 minutos. Caminó junto al alambrado y entendió que el final estaba a 40 metros. Volvió a doblar a la derecha y se sintió imbatible. Pensó en que por ahí, si le dejaban dar esa última vuelta analizaría la posibilidad de volver a instalar antenas de Direct TV. Una última vuelta. Si no moría no mataba, se juraba a si mismo mientras pasaba por el kiosco. O por ahí no. En una de esas podía morir y ya. Sus propias reflexiones le empezaban a romper las pelotas. Recordó nuevamente aquel día de enero en el que había agarrado ese fierro y había amenazado a uno que pasaba por ahí. Ahora le parecía que eso había pasado hace mucho tiempo. Atravesó la canchita de fútbol y se detuvo a fumarse un faso, sentado en la parecita. Pensó que ese era el lugar que el había elegido para caer. Y que nadie tenía huevos para animársele. Que lo demás no importaba demasiado. Que el andaba solo. Decidió volverse a su casa a conversar con alguna mujer porque estaba teniendo demasiadas ganas de seguir viviendo.

jueves, 3 de febrero de 2011

La caída

Al negro no le gustaba mucho eso de jactarse. Le parecía que su rol de conductor sólo era tal en la medida en que una serie de pelotudos agarraban los fierros y estaban dipuestos a morir. Agarrar los fierros. Al Negro siempre le había dado un temor lejano la sola idea de matar a alguien. Porque el Negro era sólo eso, el Negro. Y Mario Eduardo no podía soportar esa idea. Porque el carisma era algo que el nunca… en fin. Había estado charlando unos meses antes de la caída final. Mario Eduardo había apoyado un 22 en la mesa del comedor de su propia casa. El Negro tenía unos papeles y unos bermudas que según su mujer le quedaban pintados
- el Negro está cantando- diría meses más tardes Graciela luego de que delatará a sus compañeros y las pintadas reivindicativas se transformaran en repudio.
Mario Eduardo ya le había advertido algo de todo esto. Mario Eduardo advertía demasiado y eso a Rodolfo lo irritaba sobremanera. Cuando se encontraron en aquella mesa el Negro hizo referencia a una isla en tigre a la que iría a vivir junto a su familia
-Vos conducis, tu poder son tus saberes. Si te vas no volvés.- había dicho Mario Eduardo. Al Negro le cambió la cara (el lugar común indicaría que tendría que haber escrito “se puso blanco”, pero el mundo se atesta de lugares comunes, con lo cual esta prosa reveladora interviene con conceptos realmente transformadores y con una potencialidad revolucionaria nunca vista desde los tiempos de Paco Urondo).
El Negro putió a Olmedo y a Marcos en silencio. Ellos ya no estaban, de manera que él era el gil que tenía que escuchar los delirios de ese flor de pelotudo.
- La revolución la podíamos hacer solitos- había dicho en aquel cónclave
Mientras Marito hablaba, el Negro calculaba las posibilidades concretas de asesinarlo con la lapicera que tenía en la mesa de luz. Había visto una película en donde sucedía eso. Ya en la ESMA, picana de por medio, se arrepentiría de no haberlo hecho.
-El Negro está cantando- le dirían meses más tarde a Graciela
Lo cierto es que el Negro no cantaba. Sí, Mario Eduardo, que un día lluvioso lo visitó a su celda junto a Don Emilio. Las pintadas en todo el país empezaban a rezar “Quieto Traidor” y el Negro pensaba que si lo picaneaban todavía más, quizás podría empezar a apagar tanta angustia. Las llagas le dolían hasta los huesos. Entendió que ese era el mejor final. Mientras salía del calabozo y subía al falcon pensaba que quizás se había equivocado en sostener que las condiciones objetivas daban como para agarrar los fierros. Mientras se comía un par de patadas de una marino en el auto, recordaba lo de Garín y le parecía que había sido una hermosa travesura. Cuando bajaba del auto y subía a ese helicóptero en El Palomar, maldecía a ese viejo puto y pensaba que jamás volvería a confiar en el movimiento. Cuando levantó vuelo, y mientras observaba el inmenso río suponía que de volver existir probablemente cometería más errores. El Negro estaba contento con lo hecho y pensaba que no habría podido vivir sin aunque sea intentarlo. Que su vida no podía caber en otras vidas. Y que la revuelta era sólo una búsqueda, nada más que eso. Que quienes la idealizaban y la militarizaban eran los que menos se la aguantaban. Ya en el barril de cemento y a punto de ser tirado, volvió a pensar en la revolución como una búsqueda inútil, y pensó que quería sentir el agua en su rostro cuanto antes. Porque ahí comenzaría otra movida. Pensó en que la vida era un delgado hilo que cada tanto se cortaba y ahí era cuando había que ponerse a buscar la puntita. Y al instante le pareció que esa reflexión podría ser un perfecto final de un relato sobre su efímera y perseverante existencia.

martes, 7 de diciembre de 2010

las certezas

Hasta hoy suponía que aquello que se contaba en tugurios no era otra cosa más que una rinbonbante infamia. Porque hasta hoy hablaba con algunas palabras que sabía no me pertenecían. Defendía dogmas que no me convencían, discutía amores y principios. Hasta hoy fui un infame. Probablemente dentro de unas semanas vuelva a serlo. Pero hoy me di bien cuenta. Hace rato que me vengo dando cuenta de unas cuantas cosas. Esto me empieza asustar. La vara empieza a subir y la caída puede ser mucho más feroz. Estuve un rato largo viendo las zanjas, sorteando los escobros en el medio de la calle, cagandome de calor y preguntándome si la guerra popular y prolongada era una opción a tanto desengaño y vacío. La cosa es que las zanjas, los escombros, el olor a mierda y el barrial que esta por venir me hicieron pensar en algo así como una estética de la villa. Pensé eso y acto seguido me sentí mal. No tenía demasiado claro si era un hijo de puta o simplemente un pelotudo. Esa reflexión no podía ser posible. Porque no. Porque soy algo más que el forro que se sienta en el asiento reclinable a maldecir el porvenir de los pueblos. Me siento más que aquello y necesito demostrármelo. La necesidad de formar parte se hizo eco en Pasco al fondo. Y empecé a sentir lo que es estar demasiado sólo. Empecé a entender de que se trataba la exclusión. Ay Dios, no estoy pudiendo salir de la frase adocenada. Mi escritura pierde vigor. Es menos autentica que la de hace unos meses. Pero tengo que derrotar mi ego. Porque sino no hay bondi que aguante esta mochila. No hay baño químico que me saque de este letargo que empieza a ser un espanto. Cara o cruz, como siempre. Y siento que si no lo intento jamás podré sacar un seguro contra robos tranquilo. Sostengo que si no lo intento la infelicidad la tengo asegurada.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Los anacronismos

Se había levantado algo sobresaltado. Los esperaba una larga jornada de gritos, quilombo y reivindicaciones. Se calzo la mochila de hilo tejido en la que cargaba un viejo cuaderno de apuntes y un libro de Trosky. Se levantó y pensó que lo estarían esperando ahí, en aquel santuario repleto de murales y fantasmas. Esta vez, necesariamente debo caer en el lugar común. El destino es bastante hijo de puta. O demasiado benévolo. No sé. La cosa es que caíste ahí mismo Mariano. En el lugar en donde se apagaron ellos dos. En manos de enemigos demasiado parecidos. Y yo que ni te conocía, pero ya te extraño demasiado. Yo que veo los verdugos que salen en tu defensa. Yo que necesito que estés vivo aunque sea por un minuto para gritarles que tu memoria no les pertenece. Te levantaste y fuiste al andén de esa estación que ahora tiene un tercer nombre. Y te recibieron los enemigos, los de antes y los de más antes. Los de siempre. Y encontraste la muerte. Uno menos. Uno más. Y los hipócritas vuelven a la escena. Yo que no te conocí pero te conozco. Aguantaste los trapos. Resististe y encontraste la muerte por una idea. Por una idea. Y a mí que me hubiese gustado tener esos huevos. Moriste pero vivís. Vivís en los compañeros que seguirán luchando. Vivís en el arma de ese canalla. Vivís en las frases adocenadas de aquellos que se avergüenzan en decir que militabas. Si con decir que eras estudiante y trabajador alcanzaba y sobraba. Vivís en los que disfrutan tu muerte. Vivís en la soledad de esos murales. Vivís porque necesitamos que sigas viviendo. Vivís porque las calles son nuestras, y quizás el tiempo nos de la razón. O quizás nos dé más muerte.

viernes, 24 de septiembre de 2010

Mario Eduardo

Había amanecido con ganas de verle la cara. Suponía que la posibilidad de encontrarlo con vida en aquel lejano pueblito de España debería haber desvelado a la patria en su totalidad (y cuando digo Patria digo Patria con mayúscula ¿esa cosa medio etérea?). Encontrarlo con vida, preguntarle que pensaba. No entendía como había toda una nación que seguía su camino, sin quererle hacer aunque sea un interrogante. Encontrarlo con vida, en aquel pueblito alejado de España. Las tendencias del capitalismo mundial tenían algunos bemoles que podría hacer pensar en que quizás nuevamente haya algo así como unas condiciones objetivas para sacar los fierros de debajo de la mesa del televisor. Encontrarlo con vida. Porque me parecía que ese muchacho tenía en sus manos los hilos que paralizaban nuestras conciencias, y que si conseguíamos hablar con él, por ahí dejaba ir un poco el carretel y empezábamos a tener la ilusión de que corríamos. M.E estaba en un sillón de pomposas figuras, tomando un mate y rascándose el lunar. Permanecía detenido en un pasado de hace 40 años. Ya no soportaba seguir vivo. Sentía que tarde o temprano vendrían por el. No llegaba a comprender cual era el daño que había hecho. No soportaba seguir vivo. Le parecía que aquello de antes ya no tenía absolutamente que ver con el más antes. No lograba recordar si su utopía había sido en algún momento genuina. Si recordaba, haber sobreactuado en los últimos años. Pero no podía asegurar que es lo que había pensado tiempo antes. Suponía que Sabino, Fernando, y Carlos no le habrían permitido traicionarse. Después pensó en todo aquello que él representaba y concluyó en que posiblemente les hubiese mentido a ellos también. Tomaba mate mientras relataba su cobarde huída de Morris. Sabía que algún fatalismo de la historia lo había puesto a conducir y a dar la vida por un proyecto del que no estaba convencido. Entonces entendió que su vitalidad era algo así como la demostración de su coherencia. Que no había muerto porque no lo merecía. Que se daba la vida en tanto el proyecto era la vida. Ergo, si el proyecto no era la vida, el que moría pasaba a ser un pelotudo. Tomaba mate y sacaba unas fotos con Rodolfo y Fernando. Pensaba que la primera guardia tenía una mística más llevadera. Este segundo grupito no cumplía sus expectativas. Se preguntó si el merecía haber sido el único que transitó ambos. Se contestó que eso ahora no importaba demasiado. Que posiblemente haya sido el mejor de todos. Que eso ya no importaba demasiado. Y que tenía que empezar por empuñar los fierros, pegarse un gomazo y dejar que la Patria pueda seguir adelante como sea. Que había todo un pueblo esperando su decisión. Un pueblo que casi nunca se acordaba de él. Un pueblo al que él sabía, volvería a defraudar.

miércoles, 2 de junio de 2010

Las revueltas

Uno nunca espera toparse con una escena como la que te estoy por contar que vi. Uno nunca espera ver la muerte. Yo nunca había visto correr sangre por una boca que había besado. Y ese día lo vi todo. Y por más que me quieras explicar, y decirme que no fue para tanto, yo te tengo que responder que ese día vi morirse a una anarquista. Y si a eso le agrego que la anarquista muerta era Pato, las cosas se ponen bien jodidas che. La había visto fumando un faso en Parque Rivadavia. Una tarde. No hace más de dos meses de esto. La había mirado de reojo y ella me llamó por mi apodo. No sabía que se lo sabía. Estaba fumando un porro. Tenía la guitarra a su derecha. Las cosas no andaban bien. Me contó (yo le pregunte) que empezaba a extrañar aquel teatro de Murcia que había recuperado con un par de heroicos compañeros (al instante me explicó que esto de “heroicos” compañeros no era más que un chiste que me había hecho a mi. Que con heroicos había querido decir que todos ellos consumían heroína. Que le había parecido que era un muy buen chiste porque jugaba con el doble sentido y porque además permitía tomar conciencia de no se que boludeces más).
-¿qué teatro?
-el arte flaco, cuantas veces te lo tengo que decir. Tomamos un teatro estatal abandonado. Lo usurpamos y estuvimos adentro tres semanas hasta que se rindieron. Y con mal aliento y el pelo sucio, el día que nos cedieron el espacio sabés lo que hicimos?
-que?
-arte. Intervenimos flaco. Me puse un vestido de novia gigante y le baile un paso doble al uniformado que velaba por la seguridad de esos pelotudos que insisten con pagarle impuestos al estado, para que luego sea ese mismo estado el que les rompa un garrote en la cabeza. Y después bailamos en los balcones del teatro. Arriba de las butacas. Pintamos un mural gigante como fondo del escenario y nos prometimos defenderlo con nuestra vida. Estábamos seguros que queríamos defenderlo. Tenía mil colores. Mucho fuego. Le habíamos puesto una frase en italiano. “Vivono nella rivolta”. Si no sabés lo que significa jodete flaco. Juramos que nos moríamos por ese mural. Y después me vine para acá. No me preguntes en que momento me olvidé de aquello que había prometido tomando birras y comiendo gazpacho. Ya hace 10 días que vengo pensando que pasará en el teatro. Si los muchachos se acuerdan de mi. ¿Vos pensas que en 5 años se habrán olvidado de todo?. La historia de las bogas no era del todo cierta. O si. Porque el mural tenía una gran boga en la parte derecha. Me vine acá por lo de mi vieja. Y de paso a buscar alguna boga en el Río de la Plata. Y me pasé flaquito. Me pasé de heroína los últimos 4 días. Estoy despierta hace 6

miércoles, 5 de mayo de 2010

Los espejismos

Había algo de olor a detergente. Se me había sentado al lado del sillón y esperaba que le dijese algo. Cuando volvía a casa y pensaba la cosa, se me ocurrían unas cuantas analogías a un partido de truco. Podría arrancar por una contraflor al resto y ese tipo de boludeces que suelen garpar muy bien en un libro. Pero las voy a evitar. Porque había mucho olor a detergente. También había un lejano aroma a lluvia y humedad. Me tentaba ese balcón envuelto con cortinas. Se sentó y me miró la mano. Acababa de cortarme una uña con la boca y empezaba a querer irme bien lejos. Pero ese día. Ese día si que era imposible. Porque me sentía sujetado de los dos brazos. Y ella que dejaba pasar el tanto. Yo que buscaba empardar para que juegue la mejor. Y todas esas boludeces que te imaginaras como siguen. Porque en realidad lo que me preguntaba era si tenía o no tenía huevos. Y ese día me parecía que no. Porque ella me miraba con ojos azules, y yo sentía que podía dejar más de una cosa si me lo hubiese pedido. Porque el pelotudo que estaba abajo con medias de boca empezaba a gritar más fuerte. Porque ese puto río repleto de bogas gigantes clavaba una duda más en la mesa redonda de la cocina. Porque el tiempo nunca se iba a detener. Y porque esto era la clara prueba de que algo se estaba por derrumbar.

martes, 2 de febrero de 2010

Clara

Te llamabas Clara. Pasaron 5 años y ningún día en el que no te haya pensado. Esa tarde en la plaza el sol aparecía de a ratos por detrás de la calesita de la esquina. Vos hacías una pulsera por la que luego averiguaría precios. Si, se puede ser tan detestable como para tener semejante iniciativa. Hablabas con una dulzura que alarmaba. Me parecía que te había conocido una vez en aquel pueblo con mar.
-5, pero llevate este collar también que no te lo cobro- sentí que había algo que no me estabas diciendo.
Te llamé después de tres meses y fui a tu casa. Allá donde terminaba ese tren que pensé interminable.
Un tren, otro, aquel colectivo que se alejaba. Que se acercaba al sol. La ruta era larga, creo que terminaba en Mercedes o algo así. Sentado en el anteúltimo asiento de la derecha pensaba que quizás la locura estaba más cerca de lo que yo mismo pensaba. Le dije al flaco de adelante que me avise en el primer cruce. Me aviso y baje por la puerta de adelante. Pise la tierra y me invadieron unas tremendas ganas de fumarme uno. No lo hice.
Llegaste en bicilceta detrás de unos galpones. Los pibes hacían un fútbol en la plazita que se veía atrás. El sol se empezaba a esconder y yo que empecé a pensar en que me parecía que había visto uno corona arriba de tu cabeza. Viniste parada en la bici. Mirabas tratando de encontrarme. Yo que pensaba que hacía demasiado que alguien no me buscaba. Me encontraste y caminamos por el ripio. Llegamos y decidiste que aún te quemaban las ganas de tocar esa dulce melodía en el violonchelo que jamás había escuchado. Volví a pensar en que quizás empezaba a enloquecer. Me divirtió esa idea. Tocaste algunos segundos y la expresión de tu cara me enamoró. Supe que jamás volvería a conocer alguien que me conmueva. Estas lagrimas que hoy se me caen son el impulso de sentirte tan poco mía.

-que querés tomar?
-mate ¿fumamos?
-después

Traje troncos y me volví a sentir afuera de todo. Me dormí bajo el calor del eucaliptos. Te bese y te admiré sin pausa. Me hablaste de algunas cosas. Discutiste con Dios. Tocaste un redoblante. Armaste una pulsera. Te sentaste enfrente del monitor. Yo nunca te pude ver normal. Eras algo que jamás hubiese podido explicar. Y para colmo en el oeste no había bogas.

miércoles, 13 de enero de 2010

El cemento

Había puesto dos ladrillos sobre la chapa del fondo. Se había levantado un viento fuerte y no estaba dispuesto a perder más pollos. Puse el ladrillo. Acto seguido complete los comederos con algo de maíz. Había estado durmiendo toda la noche en esa cama de dos plazas y me empezaba a sentir un poco solo. La morocha que había pasado por al lado del alambrado no colaboraba demasiado con mi pequeña iniciativa. Puse el ladrillo y me senté en el pasto justo ahí donde terminaba el cemento. Había estado pensando en copar el terreno de enfrente y hacer una huerta. Había pensado también en que diría esa familia de Benavidez si viese semejante escena. Tenía miedo y muchas ganas. Tenía un nudo y quería patear todo a la reverenda concha de la lora. O lloraba o luchaba. Lloraba. Como siempre. El olor a mar me hacía mal, definitivamente mal. Pensaba en la chatura de todo esto. En que desde ahí las cosas no se podían cambiar. Pensaba en el pelotudo que me había choreado el proyector y en el drogon que me había sacado los huevos de esas gallinas. Lloraba y mi mente volvía al oeste. O al sur. No ahí. ¿y si al final tenía razón? Creí que todo había sido un espejismo. Una pieza teatral que me había creído yo solito para tirar unos años más. No quería irme a la cama. Me parecía que era tarde para todo. La chapa crujía. El viento soplaba. Las luces empezaban a apagarse. Las primeras gotas caían y yo que me preguntaba quien mierda me había mandado a hacer esta revolución.

lunes, 21 de diciembre de 2009

Un nombre raro

Tenías una ensalada de fruta y te sentaste en el sillón de cuero. En primer lugar tenías una ensalada de fruta porque hacía ya unos años habías declarado en la mesa familiar que empezarías a ser begana. En segunda instancia comías esa ensalada porque te había agarrado algo de hambre. No todo en al vida eran reivindicaciones. Mirabas el recipiente de plástico y la proyección al mismo tiempo. La verdad que las naranjas estaban cortadas como el reverendo orto. Seguro había sido el hippie jovato que no sabías como pero vivía bajo tu mismo techo. Pensabas que había agarrado el mando de la cocina y estaba empezando a hacer todas esas boludeces que tanto te molestaban. Estabas segura de que una casa con más anarquistas y menos hippies empezaría por suvertir esa biblioteca con demasiado olor a ácidos. Mirabas a la ensalada y recordabas el porro que te acababas de fumar cuando fuiste a la terraza a buscar una cosa que ya no te acordabas cual era. Comías una uva y veías a tu vieja diciéndote: “ya no rompas más las bolas con esto de hacerte la revolucionaria”, advirtiéndote sobre el fatal destino que había tenido tu padre por jugar a la guerrita. Comías la ensalada de fruta, extrañabas a tu compañero y empezabas a tener demasiadas ganas de coger. Fuiste de nuevo a la cocina a dejar la cuchara para que la lave el designado en la semana. Volviste al sillón a ver la proyección a la que ya le habías perdido el hilo. Te acordaste de Bakunin y pensaste que era flor de cagón. Que te gustaba más Durruti aunque no sabías bien por qué. Pensaste en la notebook que tenías en tu pieza y temiste que algún día te la choreen. Te acordaste del día en el que el flaco de cresta te invito a comer verduras a esa casa con olor a huerta y detergente. Supiste que yo te estaba pensando y no hiciste nada. Me miraste con ojos de sorpresa y letanía.. Me empecé a ir de la casa y vos que justo esa noche no tenías ganas de dormir y militar a la vez. Querías apoyar la cabeza en la almohada y nada más. Esa noche te habías cansado un poco de no tener un minuto de paz burguesa. Sabías que al otro día te ibas a levantar, agarrarías cuatro retazos de tela, una bolsa de semillas y le enseñarías a cuatro pelotudos el arte de pintar remeras y sembrar sus alimentos.

domingo, 8 de noviembre de 2009

Un beso

Me acompañaste hasta la parada de la vía que corría por detrás de los galpones. Los pendejos seguían siendo pendejos. Jugaban a aquello que habían empezado a jugar cuando llegue al oeste y te salude con aquel beso en la mejilla. No me quiero poner en pelotudo, pero la secuencia fue dura. Porque vos sabías que ese beso de despedida me lo dabas por un consuelo. Sabías que yo lo sospechaba y no me animé a decir nada. Las cosas estaban demasiado enrarecidas para que encima me cuelgue de la rasta que tenías sobre la oreja derecha y te empiece a contar porque me había ido hasta allá además de por que me habías encandilado. Me miraste y supe que dudaste. Habrás pensado en varias posibilidades y entendiste que ese beso que todavía guardo era la mejor forma de terminar con esto sin decir una palabra. Que cualquier intento estaba de más. Pensaste en que el flaco que te estaba mirando no iba a ser tan pelotudo de confundirse. Que tenías ganas de dar ese beso. Que tenías ganas de que sea el último. Yo te miré y si bien me di cuenta como venía el asunto me prometí dártelo sin volver a pensarlo después. Las cosas pasan y uno sabe cuando se promete algo que no va a cumplir. No hubo un atardecer en que no haya extrañado la caricia que acompaño el movimiento de tu boca. El Bondi vino demasiado rápido. Te tuve que soltar la mano antes de lo que hubiese querido y saqué boleto de $1,60. Podría haber sacado de $1,10. Pero si yo te pudiese contar mi angustia entenderías la confusión.

jueves, 22 de octubre de 2009

“¿Cuándo?, Ahora”.

Se bajo de la bicicleta de amortiguadores altos. Supongo que después de mi indeseable pregunta, hizo todo para que esto tenga un final acorde a alguna circunstancia que pensábamos que habíamos vivido. Agarramos Bogotá derecho. El barrio se derrumbaba. La vida, que esta vez me había hecho un pequeño guiño, le volvió a buscar la quinta pata a la cosa. Caminamos unas cuadras. En ningún momento dejaste de mirar el manubrio de la bici. El viento empezaba a jugarle una mala pasada a esa pollera que tenías. Supongo que fue por esa misma pollera que empecé a pensar en que por ahí me empezabas a parecer tierna. Lo primero que recuerdo haberte escuchado decir fue que todo indicaba que la revolución estaba mucho más cerca que la última vez en que nos habíamos visto. Que te parecía que era ahora. Que si juntaban algunos flaquitos más la cosa iba a empezar a tomar otro color. Me pregunté si eras capaz de matar a una persona. Me contesté que probablemente. Hablabas como ninguna. Paraste en Campichuelo y Avellaneda y me dejaste la bici a cargo por unos minutos. El enorme graffiti que pintaste en el frente de esa casa me dio escalofríos. Por un momento lo volví a pensar, no te voy a decir que no. Volviste a cruzar la calle, con las manos manchadas de rojo. Te secaste en mi ropa a modo de chiste y decidiste continuar el camino.
La sentí muy cerca y muy lejos. Me saludó con un beso en las dos mejillas y entró. Se había perdido.

martes, 1 de septiembre de 2009

Dante Panzeri



Mate de por medio leo a Dante Panzeri, periodista deportivo, amigo de la honestidad, de la critica, del escepticismo. Leo a Panzeri y me confundo, no logro entender, me asustan mis limitaciones. Antes de cualquier opinión, sepan disculpar lo desordenado de mi pensamiento, ni siquiera yo se decir bien hacia lo que apunto. Como hallar su pensamiento, como someterlo a una clasificación que por seductora no deja de ser ideológica. Quien fue Panzeri?, en los hechos uno de los mas renombrados periodistas de nuestros tiempos, de eso no hay duda. Pero mas allá de eso el problema está en como encasillarlo, en que habitáculo ponerlo, junto a quienes ponerlo. Un Panzeri capaz de criticar la corrupción, haciendo de la honestidad el valor trascendental, aquel que se anima a “detestar” el boxeo, nombrándolo como “Homicidio legalizado”, aquel dispuesto a denunciar los tejes y manejes de un comité militar, organizador del mundial de 1978. Aquel que supo describir como casi ninguno la psicología del jugador, que expuso con fundamentos propios los orígenes sociológicos de la particularidad del deportista latinoamericano, pero que a la hora de hablar de fútbol como deporte se quedo en la puerta, nunca ingreso, con obras literarias de poco vuelo, paginas y paginas para exponer pocas ideas. El fondo de la cuestión es este, y quizás mi escrito no aporte claridad, sólo confusión. Si alguien me pregunta por Panzeri como responderle…
-Dante, un gran crítico, honesto por donde se lo mire, amigo de causas perdidas, defensor de valores que se esfumaron
-si eso está claro, pero… el era periodista deportivo, de deporte, propiamente dicho, ¿en que innovo?
Allí es donde se presenta la duda, este es el momento en donde mi respuesta vacilaría, se quedaría sin palabras. Nuestro periodista deportivo poco tuvo para decirnos sobre el fútbol, cuando intento hacerlo lo hizo mal, muy mal. Defendió una causa que aunque noble, el tiempo se encargó de contrarrestar. Defendió un fútbol sin conducción desde afuera, sin “mentirosos vestidos de azul” (léase DD.TT). La realidad nos demuestra que se equivoco, y mucho. Se juega mejor al fútbol? Seguramente no, pero apuesto mis 8 materias aprobadas en la universidad que cualquiera de los actuales equipos supera claramente a aquellos exponentes de la belleza futbolística. Panzeri subestimó muchas de las cuestiones que hacen del fútbol de hoy, un juego más eficaz que el de ayer. Dante pecó de ingenuo. Por el afán de llevar su escala axiológica al fútbol, se confundió, equivocó conceptos. Nadie niega al fútbol como dinámica de lo impensado, nadie niega las miles de ideas y posibilidades que recorren la mente del jugador en una milésima de segundo antes de tomar una decisión, nadie niega esto. Lo que intento decir es que el tiempo (los años y años y más años de fútbol) nos demostró que quizás la cosa no es tan simple (o tan complicada, quien sabe), la cuestión es que tal como se nos presenta el fútbol en nuestros días el D.T se vuelve esencial. Ha dejado de ser ese 10% al que Panzeri se refería a la hora de aproximar valores de participación, el fútbol sin duda es la dinámica de lo impensado, pero el fútbol cuenta su vez con herramientas que me dan la chance de pensar que lo impensado puede reducirse a su mínima expresión, nunca neutralizado, pues al fin y al cabo hombres es lo que somos, y las 10000 posibilidades en la mente humana en una milésima de segundo seguirán estando. Me resulta muy difícil tener que aceptar esto, mi condición de hincha independiente, de paladar negro me hace inclinar por el buen juego, por el lirismo, me hace disfrutar más de un caño (aunque a Panzeri no le agrade demasiado el término) que de un buen cerrojo defensivo que me haga ganar partidos y más partidos. Si es que a mi me resulta arduo aceptar esto, imagino que la dificultad para panzeristas (en muchas cuestiones, no en esta, me considero panzerista) será aún mayor. Aceptar el derrumbe de una filosofía de la vida es complicado. Y digo filosofía de vida porque el paradigma futbolístico que Dante reivindica trasciende lo deportivo, se sitúa más allá, se dirige hacia las propias viseras de la existencia humana (y con esto no pretendo darle al fútbol el status de importancia que Panzeri detestaba, no es eso). La posición filosófica de Dante es clara, muy clara, hablar en nuestros tiempos de medios saludables para fines altruistas es casi como hablar de la Utopía de Moro. Nuestro periodista se niega a aceptar “las nuevas ideas”, porque sin duda alguna, las considera inmorales desde el plano axiológico. El buen fútbol (léase lo saludable) es a la vez un medio y un fin. El fin más adecuado para llegar a la victoria, pero también un fin en el sentido de lo estético, de lo bello, de lo saludable, del espectáculo que debe ser el fútbol señores. Hablar del medio como un fin en tiempos de férreos pragmatismos, de una existencia que apunta siempre al logro de aquello que se plantea como objetivo sin importar formas ni estéticas, mantener esa posición en épocas donde el mundo hablaba de Lorenzo, Zubeldía y sus innovaciones, es sin duda audaz e innovador por donde se lo mire. En su obra Panzeri llega a hablarnos de un nuevo sistema de puntuación que premiará a aquellos que más apuesten por el espectáculo, aquellos con más ambiciones para el triunfo, y que castigue a quienes escatiman, a quienes especulan, hasta ese punto llegó nuestro periodista “deportivo”. Panzeri ¿supo de fútbol?, decididamente no, cualquiera de los equipos que el pudiese formar, comandado por la camarillas de las que el tanto hablaba perdería por goleada contra cualquiera de nuestros modernos estrategas, eso es cierto. El verdadero aporte de Dante, estuvo en ir más allá de lo que todos veían, en descubrir la esencia del fútbol deporte por sobre el fútbol negocio. Panzeri choco con la inexpugnable barrera del auge de esas ideas, pero no le importó, siguió chocando, una y otra vez golpeó su frente contra el progreso, un progreso más eficaz pero menos feliz, un progreso que nunca volvió a dar alegrías al pueblo, un progreso éticamente impuro, que posicionó fines por sobre medios, un progreso que ingresó en el fútbol quizás para suicidarlo, y Dante lucho, sabiendo poco del tema lucho, y hoy a las puertas de la finalización de un nuevo mundial que de espectáculo dejo poco, parece haber ganado la batalla.

martes, 25 de agosto de 2009

Una feria

Tocaban una música que me sonaba a brasilera. En realidad no lo era pero no puedo agregar mucho más al respecto. La cosa era que estaba en esa fábrica recuperada por obreros, perdido en un mar de pasillos. Junto a mil tarados que cada vez se parecían más a mi. Volví a pensar en la locura y supe que estaba demasiado cerca.
Eran 2 flacos que hacían una danza en medio de una ronda con mates y galletas marineras. A decir verdad el baile me pareció bastante pelotudo, no conseguí ver ninguna destreza especial en aquello que hacían. Si encontré una persona y te lo quería contar. Quedate tranquilo que no me enamoré. Estos muchachos tocaban unas arpas o algo así. Eran ramas con forma de banana que unían sus extremos por una soga tensada. La mujer que estaba tercera contando desde el pelado que estaba en el medio dando gritos furibundos, tocaba una especie de cencerro tallado en madera. Por ahí es una boludes lo que te cuento. Pero no pude dormir las últimas tres noches pensando en esto. Pasa que esta mina estaba paradita ahí. Era la última de la hilera. La cosa tenía un funcionamiento bastante aceitado. El pelado cantaba una introducción y el coro que estaba a su alrededor agregaba instrumento en mano una frase que decía algo así como “Paranaya” y una melodía muy bien entonada. Debo confesar que sonaba muy bien. En un momento no pude disfrutar más ese coro. Porque empecé a pensar en esa muchacha que estaba última en la hilera. La observaba. Tenía un pañuelo floreado a modo de vincha. Era de tez oscura, casi morena. Tocaba el cencerro automáticamente. Nada de reflexionar acerca de su subjetividad, de su condición de artista. Te juro que se que no pensaba en nada. A decir verdad era la más linda del grupo de chicas. Por eso empecé a mirarla. Pero enseguida empecé a pensar esto del arte y la transformación. Eso que alguna vez le había escuchado decir a Pato. Mientras yo pensaba esto, ella no pensaba nada. Y por tres minutos ocupe su mente. Se que un ratito después mientras seguía tocando se empezaría a preguntar si estaba donde realmente quería estar. Si todo ese camino que había hecho lo volvería a hacer. Supe que había algo que muy allá en el fondo le hacía ruido. Que si sus padres la miraran en esa situación la cosa se complicaría todavía más. Pensaría que la vida tocando un cencerro no era todo lo que esperaba. Que empezaba a tener ganas de trabajar de recepcionista en el microcentro. Se volvería a preguntar si realmente tenía ganas de estar ahí parada. Y se respondería que si. Que le encantaba ser eso. Y que ahora iba a dejar el puto cencerro y se iba a poner a bailar en el medio de esa ronda tan desprolija. Se iba a poner a bailar y buscaría compinches. Y ensayaría pasos bastante locos. Y se reiría de todos los boludos que estábamos con nuestra birras en la mano esperando que nos llegue la muerte.

domingo, 15 de marzo de 2009

Y al llegar otro febrero...

En este barrio el sol brilla tan fuerte que aturde. Pensalo bien, no te distraigas y solito te das cuenta. En este barrio, el pantano es la tentación más encantadora. Si te das vuelta, si te detenés debajo de una de esas arcadas los podés escuchar hablar. No hablan. Susurran. Una verdad, una canción, la más hermosa de todas las dignidades. Ellos están allí, el tiempo, los años le pasan por el costado, de vez en cuando hasta los pone sobre la banquina. Y cuando pensás que van a impactar maniobran, ma-nio-bran y se apoyan sobre esa rueda, justo esa rueda que de tan gastada daba pena.
En este barrio el sol suele ponerse en los atardeceres. Están quienes planean fugarse en barcos, y también quién critica al que se fue. La gente come como si fuera la última vez, aunque saben que no. Si alguna vez estas por ahí mirálos a los ojos, mirálos y empezás a entender un poquito más. En su barrio la violencia son bloqueos, amenazas y otras yerbas. De vez en cuando van a la playa, sólo cuando el mar los invita, sino le darán la espalda.

En este barrio la gente madruga. Hay quien cada vez que se levanta mira esa hermosa figura trazada por detrás de un edificio que parece estar a la altura de las circunstancias. Miran el edificio, resisten desde abajo, miran a ese hombre. Lo miran y lo ven cada vez más bello. Se rien, aún no lo creen. Si los agarrás desprevenidos hasta por ahí te sueltan una lágrima. Los ves con ganas de animarse. Hasta te podés enamorar
En este barrio la gente la suele pasar mal. Y al llegar otro febrero… para que decirlo. Se miran en los colectivos, en las calles, se preguntan entre ellos, pocas veces se hablan. “Y si estos tipos en vez de cuidarnos…” mejor no lo digas. Tampoco lo pienses. Empiezo a odiar este barrio, empiezo a amarlo cada vez más.
La gente de este barrio habla bastante de dinero, no siempre. A veces, sólo a veces de política. Quizás hasta te pueda decir que al dólar no lo adoran tanto como creeríamos vos y yo. La gente se chamulla, se miente hasta lo inverosímil. Se juegan malas pasadas, se gritan, se pelean y se vuelven a encontrar.

En este barrio hay mala gente. Pero esto si que no te lo puedo explicar. O mejor dicho si puedo, pero en realidad esto que te voy a decir no tiene nada que ver con la verdadera explicación. En este barrio a la gente no le alcanza, y a veces, de vez en cuando se quieren ir a la mierda. Y ahí los ves, con lenguas de doble filo y con un espíritu demoledor se le plantan a su existencia y le patean la puerta para que abra. Y si te das vuelta jamás te clavarán el puñal que nunca van a tener. Si algún día te llegas a dar cuenta hasta por ahí los termines admirando, no me preguntes por qué, pero en este barrio está el que cree que ese norte es la solución.
En este asfixiante barrio, los autos no corren y los balcones corean tu nombre. Este es el lugar de la suma de los azares. La mayoría de las cosas salen bien porque alguien así lo dispone. Empiezo a sospechar también, de que en realidad no existen tales disposiciones, que el azar es muchas veces la seguridad de que nada fallará, o que en realidad si es que alguna vez algo falla, será este mismo azar el que mire hacia el costado y se haga el boludo. A la gente de este barrio no le preocupa, o quizás lo disimulen. A esta altura que carajo puedo saber de esto.

Vos porque no lo viste, mejor ni te lo imagines. La ruta es hermosa. Si hasta en algún momento soñé con tirarme de ese bendito camión y caminar por entre esos montes y llegar ahí, a esa casa que nunca vi pero siempre supe que estaba, a esa casa, a esa enorme fogata con sabor a rev… ni se te ocurra mencionar la bendita palabra. Nunca me tiré, juro que lo pensé seriamente. Ese camión, si hubieses estado ahí, en ese preciso instante en el que vi su rostro. Lo observé agotado, inmutable. Si hasta le ofrecí un mate que amenazó con tirar. El río que justo atravesamos se negó a hablar y yo sentí que estaba donde quería, ahí en ese barrio, ahí donde todos se juegan la vida, ahí donde los camiones son cunas, ahí en ese apacible rejunte de febreros, porros y revoluciones. Lo dije.

Después claro, caminé más por este barrio, y llegué. Fue en esa calle que lo sentí. En realidad fue esa vereda la que me lo dejó bien clarito. Si en mi otro barrio estaba harto de pisar las entrometidas divisiones de baldosas. Adoptara el ritmo que adoptara de todos modos pisaría la maldita línea. Y acá, me vengo a encontrar con la que siempre busqué. Caminábamos juntos, yo sin pisar una línea, sin la más profana necesidad de aminorar el paso para no caer en la trampa que nunca había sido tendida. Y ahí si que me hundí en la certeza. Fue en ese momento cuando me vinieron todas estas ganas, fue ahí cuando necesite contarte que la cuadra que siempre me había estado buscando, por fin me había encontrado. La camine de punta a punta y fui feliz. Feliz por lo que vendría.

Si supieses las miradas que miré. Las canciones, los abrazos, las minitas y el quilombo de este pueblo.

En este barrio el humo llega en cuentagotas. Los héroes siguen siendo héroes que reposan intactos en el costado de las autopistas. Fue en esa larga escalinata donde me di cuenta como venía la mano. En este barrio, en este pueblo la gente no suele olvidar. Siempre me frustró la idea de saber que a mi muerte no viviría en el recuerdo de nadie, que mis pequeñas gestas estaban condenadas al ostracismo de la amnesia. Que hacer para trascender, para que de una vez por todas allá algo que prefiramos no olvidar. Mil veces me puse la trompa contra el vidrio intentándolo, hasta que llegue a esa reveladora escalinata, que era algo así como un congreso, que decía ser un capitolio. Ahí si que me di bien cuenta de cómo era la cosa. Este era un barrio que no olvidaba. Las epopeyas serían siempre epopeyas. Lo hecho, hecho estaba y nadie lo podía derribar. Resulta que al fin y al cabo la cuestión pasaba porque en este barrio la gente daba la vida por algo, daba su vida. En tiempos de indiferencia, en un mundo repleto de lugares comunes, en sociedades acuciadas por el juego del retruque permanente, verle las caras, sus cuerpos, con incontenibles ganas de animársele a la muerte, de enfrentarla por aquel que no conocen, por aquel que lo merezca me daba escalofríos. En este barrio la gente ama una causa, la ama desde lo más profundo de su existencia. La ama pensándola. Y cuanto más la piensa más la ama.

A la revolución siempre la imagine como diez tipos repartiendo tiros por esa causa que ellos consideran impostergable. En esa puta escalinata me volví a dar cuenta. Estos diez tipos y sus máuseres son portadores de una estética que los deposita en las vías de lo heroico. La revolución es la conciencia de esos 10 tipos y muchos otros que piensan que algo debería cambiar. Triunfan o mueren en el intento, de eso se trata.
En este barrio hay quien cree en la revolución. Con eso me alcanza. En este barrio la gente pasa unas cuantas necesidades, de esas que son básicas. Los noticieros y diarios informan lo que unos pocos digitan. Los jóvenes estudian gratis para que luego se lo cobren toda la vida. La policía transa con el que tiene. La policía castiga y persigue al que no. Los pibitos te chamullan en las calles. Las minitas en los cuartos de habitaciones arrendadas. La gente se baña en baldes, ven pasar por sus narices el devenir de un mundo cada día mas fastuoso, que de tan cercano es lo más ajeno. Algunos lloran. Todo eso pasa. Pero también pasa lo otro. Pasa esto otro que me emocionó y te quería contar. Ahí donde el sol cae, en ese asfalto derretido por el sudor de miles de pendejos que caminan hacia la escuela, en esas plazas en donde encontrás viejos que hablan de tesoros perdidos, ahí donde los pantanos nunca terminan, ahí donde el mar te besa los pies, ahí justo ahí, la gente habla de revolución, de su revolución, la de un pueblo, la de una nación, la de una raza.

miércoles, 10 de diciembre de 2008

Reflexion sobre el final de la cursada

Cuando Celia dijo en la primera clase que teníamos que crear un blog para publicar nuestros escritos, no sabía de qué se trataría. Llegue a mi casa, me instruí para usar una herramienta que desconocía y en un momento me pedía especificar un nombre. Automáticamente se me vino a la cabeza la frase escribir y escribir. Hoy que es el último día en el que nos juntaremos a escuchar, debo decir que acerté con ese nombre. En un taller de escritura sin duda escribiríamos. Pero no todo es lo mismo. Yo anteriormente había escrito. Acá aprendí a escribir lo que yo quería escribir. Esto no significa que mi forma de abordar la escritura me ponga a la altura de nada ni nadie, sino que en el transcurso de la materia aprendí que había cosas y formas de decir cosas que estaban en mí y que aún no había descubierto. Escribir y escribir, de eso se trato el taller. Si hoy pudiera nombrar nuevamente a mi blog quizás lo dejaría, aunque le pondría tres palabras en el medio: Escribir lo que queremos escribir. La entrevista, la crónica, la narración y el ensayo, me dieron a mi un norte, esa excusa que todos necesitamos para sentarnos enfrente de un teclado. Letras, letras y más letras. Y allí uno siente que está dónde quiere estar, allí uno tiene por unos segundos el poder. Allí uno puede volcar aquello que no tiene lugar en otros soportes y géneros. Y cuando lo lees con los ojos fatigados te das cuenta que sí, que valió la pena, que aunque después Celia nos diga que esa coma estaba de más, o que a esa oración le faltaba cohesión, a pesar de eso tenemos nuestro breve impulso de felicidad. Felicidad porque creamos algo, fuimos capaces de generar algo nuevo, por bueno o por malo. Ya nadie te lo puede sacar. Y si…, con ejercicios un poco locos, pasamos por todos los lugares y todos nos dejaron algo. Y a veces cuando uno no tiene muchas ganas de ponerse escribir ver que hay alguien parado enfrente nuestro que pone la pasión que pone, las ganas vuelven solitas. En fin, parece que una nueva materia se va, gente que quizás ya no cruzaremos. Queda en mí la sensación de que todo esto tuvo sabor a mucho, que la facultad es mas fundamental de lo que pensaba, y que aunque en la cuenta final sea obligatoria hacerla, Seminario y Taller de Escritura es bastante más que diez créditos.

Confieso

Bueno, después de tres horas mirando este monitor termine el ensayo. Y bien lo terminé lo primero que hice fue releerlo y luego ver que es lo que había puesto en mi diario de escritor. Confieso con los hechos consumados que mi planificación inicial se cumple a medias. La hipótesis inicial está allí. Sin duda tiene gran fuerza. Debo confesar, que a priori pensaba escribir de un lugar que si bien no fuese solemne, tenga una cierta estructura deductiva. Ahora leo el ensayo y confieso que mi admiración por el género me terminó ganando y dije muchas cosas que no tenía pensado decir. Leo el ensayo y veo en él una especie de idealización de la crónica, y repienso aquello que escribí y siento que aunque no lo haya pensado antes estoy totalmente de acuerdo con eso. Debo confesar también que el ensayo me generó algo que no sabía. Me reveló un pensamiento que creí desconocer. Confieso que estoy sorprendido y hasta un poco conmovido.

Ensayo

Crónica de un triunfo anunciado

De Homero hasta nuestros días, la crónica sigue siendo el lugar en que buscamos una explicación del mundo.

(Gabriel Cetkovich Bakmas).

Hace unos meses tuve la oportunidad de leer una afirmación sobre la crónica tan provocativa como cierta. La cita estaba escrita por Martín Caparrós en el prólogo de “La Argentina Crónica”, y decía que la crónica era aquel género periodístico que cada vez se publicaba menos. Definitivamente este es un dato de la realidad. Periódicos, revistas, y hasta publicaciones digitales abrieron en la última década un proceso de marginación del género como estilo periodístico, depositándolo en las vías de lo subalterno. El desplazamiento es claro, y sus raíces parecen serlo también. El periodismo ha optado por un camino, la crónica representa todo aquello que no se eligió. ¿Por qué el periodismo ha elegido ese camino? ¿Qué implicancia ideológica conlleva esa decisión? ¿Qué lectura hace el medio sobre su público? Reflexiono sobre el problema y me aventuro a lanzar una primera aseveración: el periodismo actual no incluye crónicas entre sus páginas porque sus implicancias discursivas distan de aquello que esperan leer tanto el público como el propio medio capaz de publicarla. Es posible que el problema aparezca un tanto confuso en estas primeras líneas, sepan entender que se trata de un ensayo, y un ensayo es ante todo… en fin ese es otro tema que en alguna oportunidad discutiré, ahora me centraré en la crónica que es ya de por si una cuestión bastante problemática. La crónica (siguiendo a uno de sus más notorios exponentes, Caparrós) es ante todo la síntesis de dos particularidades claramente marcadas: por un lado es el pleno ejercicio de la mirada. Cuando Caparrós recorre Rosario en “El interior” y se dirige a las afueras, el problema de la identidad argentina atraviesa cada cabaret, cada puente, cada alambrado y cada casilla marginal. La mirada, el ejercicio de la mirada es lo central, allí radica una de las cuestiones más esenciales de un relato crónico: cada una de las crónicas, cada relato que implica una reivindicación y una auto proclamación de lo subjetivo como recurso legítimo para contar una historia es ante todo la puesta en juego del lector como sujeto de acción, la crónica con su cadencia, su costado vital recorre la formula “esto es lo que yo vi sobre esto que para mi es un problema”. La crónica es entonces una invitación a la reflexión, a la vacilación, una puerta de entrada a la propia interpretación de un suceso que ha sido despojado de su penosa “objetividad” para plantearse como lo que es todo relato, la propia vivencia de aquello que observé. En segundo lugar la crónica es además una forma de intervención política, lo es en varios sentidos. La crónica corre ante todo el foco de atención. Ante un periodismo plagado de historias archiconocidas, donde sólo cambian nombres de protagonistas, la crónica desvela su esfuerzo en el relato de la cotidianeidad, en la apelación a un submundo de significados que no serán contados porque fueron ya condenados al olvido. En el rescate de esos significados, hay un clara intervención que por política es a la vez ideológica: la crónica cuenta aquello que lo masivo destierra, reivindica el valor de la memoria social, es juez y parte de un problema que recorre las raíces de aquello que ha sido etiquetado como “lo normal”, como si lo normal fuese aquello imperturbable, como si hablar de lo normal no fuera una artimaña discursiva para ocultar ese tipo de debates, para sepultarlos en el olvido. Dice Caparrós: “la información consiste en decirle a mucha gente qué le pasa a muy poca, la que tiene poder”.

Recapitulemos. La crónica es entonces el uso de la subjetividad como instrumento para contar aquello que no sería sino contado, de allí su carácter problemático, de allí su marginalidad. La prosa periodística actual se define como aquello que transita por las vías de lo opuesto. En la prosa actual se fuerza un desplazamiento de lo subjetivo a lo objetivo, el discurso se manipula en búsqueda de quitarle la voz al narrador, de quedarse sin el matiz, sin la visión propia de un texto que ya no se hace cargo de ser producto de una postura frente a la ¿realidad? Y en este mecanismo el periodismo genera su propia reproducción, una reproducción que luego pasa a ser repetición para por fin acabar en monotonía, en el relato de aquello y aquellos que detentan el poder. La contradicción, la imposibilidad está en intentar callar aquello que no puede ser callado. Y en esa imposibilidad, todos los recursos del periodismo hegemónico quedan truncos frente a una crónica que ha ganado esa batalla aunque la haya perdido. La crónica ha ganado porque es ante todo sincera, honesta y valiente. La crónica ha ganado porque no disipa nada, porque es derrotada en su intento de desbordar un instante. Ha ganado porque no resuelve problemas, los multiplica. Ha ganado porque es la reivindicación de que el lector aún no ha muerto, que aquello que se dice es la escena de una realidad tan compleja que se vuelve digna de ser pensada por quien lee. Es la politización de un entorno que se asume esencialmente como apolítico. Es el reconocimiento de un lector como sujeto sensible capaz de repensar bajo estructuras desvinculadas de lo legitimado por los medios masivos. Digo entonces, que en ese triunfo está también su derrota. Su derrota, porque la crónica ha perdido difusión. La ha perdido por su propia esencia. En esto de definirse como la voz de lo subjetivo que cuenta el espacio marginal del poder, la crónica ha clausurado su entrada en la difusión masiva de mensajes. Ahora bien, en este sentido sería pertinente pensar en por qué esas puertas yacen cerradas. ¿Acaso los medios desconocen que hay un público lector deseoso de escuchar crónicas? La afirmación peca de ingenua. Si el público las quisiera los diarios estarían inundados de relatos crónicos. El problema parece tener otra profundidad y se emparenta con una cuestión de época. Y en este sentido es trascendental el aporte que Walter Benjamin expone en “El narrador”.

Cada vez es mas raro encontrar gente que sepa contar bien algo […] Es como si una capacidad, que nos pareciera inextinguible, la más segura entre las seguras de pronto nos fuera sustraída. Una causa de este fenómeno es evidente: la experiencia está en trance de desaparecer […] Un vistazo echado a un diario cualquiera demuestra que se ha alcanzado un nuevo nivel inferior, en el cual no sólo la imagen del mundo exterior, sino también la imagen del mundo moral han sufrido cambios que nunca se tuvieron por posibles.

La apelación de Benjamin tiene que ver con la situación de la narración en nuestros tiempos. A mi juicio puede ser fácilmente trasladada al ámbito de la crónica. Y puede ser llevada allí porque la crónica se alimenta de la experiencia, de los intercambios de vivencias entre actores. La crónica también tiene su tangible costado épico: el consejo inherente a toda crónica no es otra cosa que la propia vivencia de aquello que se cuenta. En la reivindicación de lo subjetivo y de la diferencia está su heroísmo. En el “esto ha sido lo que observé” radica la sabiduría de una crónica que se para frente a la realidad y la colma de reflexiones y enigmas. Y cuando en la cita leemos a un Benjamin que dice que la imagen del mundo moral ha sufrido cambios, la referencia se dirige al cambio de época.

Dice más adelante:

Cada mañana se nos informa sobre las novedades de toda la tierra. Y sin embargo somos totalmente pobres en historias extraordinarias. Eso proviene de que ya no se nos distribuye ninguna novedad sin acompañarla con explicaciones […] Puesto que es casi la mitad del arte de narrar una historia el mantenerla ajena a toda explicación mientras se la reproduce

La particularidad de nuestra era parece estar dada entonces por una forma de reproducir discursos que tienden a eliminar la mirada del sujeto, a borrar sus marcas en el texto y a presentar relatos cerrados, explicados hasta el hartazgo, de eso se trata la prosa periodística actual. El intento por descifrar si el germen de este proceso tiene como responsable al periodismo o al propio público se dirige a explicaciones que exceden este ámbito de discusión. Sean el periodismo o la demanda del propio público los propulsores de este proceso, lo cierto es que el relato de historias, vivencias y miradas sobre un acontecimiento o personaje cada vez está menos presente en los medios de difusión escrita. Y decimos que esto es una cuestión de época en la medida en que las configuraciones culturales construyen al individuo desde una pasividad extrema y alarmante. Y en la era en dónde se habla de la total despolitización de la realidad, la apuesta por el relato de lo objetivo es una clara intervención sobre aquello que se puede decir. Y en este sentido la subestimación del lector a la que hace referencia Caparrós no es otra cosa que la negación del lector como sujeto de acción en dos sentidos: el medio que construye al sujeto en términos de consumidor y el sujeto que se construye a si mismo como ente pasivo dispuesto a ingresar en el mercado a adquirir bienes culturales como si estos se tratasen de zapatillas.



domingo, 23 de noviembre de 2008

diario de escritor

Definitivamente reflexiono sobre mi ensayo y la dicotomía presentada por Flusser me siento aún con más ganas de escribirlo. Dice Flusser: “en el caso del ensayo viviré mi tema y dialogaré con mis otros”. A modo de síntesis entre lo que Flusser dice y lo que se hablo en clase estoy en condiciones de optar por una forma particular de ensayo: la de estructura espiralaza, que recorre el tema implicándose en él y que por el otro lado no pretende aclarar el problema sino volverlo más enigmático. Al plantearme el desarrollo de mi trabajo pretendo ir recorriendo el tema bajo la dirección de determinadas premisas sin que esto termine por plantear una respuesta cierta a la incógnita. El asunto pasa por meterme en el tema, y no perderme en él, tratar de dejar aunque sea en claro un atisbo de reflexión para que quien lo lea no se enfrente a soluciones, sino a problema. La idea concreta de mi ensayo, hablar sobre las implicancias ideológicas de leer una crónica se traslada a las propias características del ensayo que también cuenta con sus particularidades de lectura.